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Dra. Noemí Brenta
Doctora en Ciencias Económicas (UBA). Licenciada en Economía (UADE). Consultora. Docente UCA, UBA y UNLM. Ex economista senior de Fundación Invertir y de la Agencia de
Desarrollo de Inversiones. Ex gerente de la Cámara Argentina Portuguesa de Comercio.
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El precio del petróleo se cuatruplicó en los últimos cinco años. Ahora, acaba de superar los cien dólares por barril y difícilmente retorne a los niveles previos. Cuando en los años setenta sucedió algo similar, los países exportadores de petróleo acumularon dólares que la banca canalizó como préstamos a los estados nacionales: Argentina, Brasil y otros. Así nació la enorme deuda externa que todavía cargamos y que los gobiernos posteriores se encargaron de acrecentar. Actualmente, la primera parte de esta historia se está repitiendo: los países exportadores de petróleo llevan acumulados casi cinco billones de dólares ("trillones", según los estadounidenses), cifra equivalente al producto bruto de Alemania, Francia e Italia juntos y que crecerá aun más en los próximos años. Y esto enciende una luz amarilla en la escena mundial porque anuncia la aparición de un nuevo poder económico con una fuerza nunca antes experimentada. El segundo acto, la circulación internacional de esos capitales, recién comienza. Aunque algunos de estos fondos soberanos de riqueza –su nombre técnico- nacieron en los años setenta como ahorros para enfrentar las épocas de pozos vacíos o precios bajos, recién ahora su magnitud concita la atención. Muy pocas manos manejan estos capitales, pertenecientes en su mayoría a los países del golfo pérsico, aunque también a Rusia, Noruega y otros. Por ejemplo, el fondo de Abu Dabi –que compró recientemente el 5% del Citigroup- más los de Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y Dubai suman unos cuatro billones de dólares (trillones, en EE.UU.), más del doble del producto bruto sumado de Argentina, Brasil, México, Venezuela y los treinta países latinoamericanos restantes. Cifras que provocan vértigo. Hasta ahora, la política de inversión de estos fondos ha sido bastante conservadora. Compraron bonos de deuda pública y privada, participaciones en bancos y empresas –como Sony y la división plásticos de General Electric-, activos inmobiliarios, commodities, productos financieros complejos; y también invirtieron en el desarrollo de sus propios países. Objeciones políticas frustraron otras operaciones, como el intento de los Emiratos Arabes Unidos de comprar algunos de los principales puertos norteamericanos. El caso es que los fondos soberanos de riqueza petrolera parecen haber ayudado a sostener las economías de los países desarrollados, a financiar los déficits estadounidenses, fiscal y comercial, a mantener las tasas de interés bajas y a capitalizar bancos que sufrieron un deterioro de sus activos debido a la crisis del mercado inmobiliario en los Estados Unidos y algunos países europeos. Sin embargo, el tamaño creciente de estos capitales –que podrían desestabilizar cualquier mercado si deciden tomar una posición dominante o deshacerse de ella rápidamente-, las cuestiones de seguridad, las diferencias idiosincráticas de los países de origen, está desvelando al mundo desarrollado, que desea instaurar instrumentos de regulación y control, para protegerse. Tarde o temprano, estos capitales también jugarán sus porotos en estos mercados, mucho más pequeños y riesgosos; pero, por eso mismo, más rentables. Dada nuestra experiencia con el endeudamiento externo, en Argentina y otros países latinoamericanos, es importante tener presente que los préstamos baratos se deben aprovechar sólo para financiar proyectos que aseguren el repago, incluyendo el riesgo cambiario, más una ganancia superior a la tasa de interés. Y que si se decide invertir (compraventa de activos), armar negocios o vender la empresa, hay que planear con tiempo qué hacer con su producido, para que no se escurra entre los dedos. |