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Publicado : March 12, 2008 | Autor : repetto
Categoría : Divorcios | Vistas : 847 | Rating :

  
repetto
Lic. Ana Repetto - Psicóloga -Universidad Argentina John F. Kennedy-, inscripta en el Colegio de Psicólogos de la provincia de Buenos Aires. Miembro del Equipo Asistencial y de Investigación de Psicocardiología del Programa de Prevención y Rehabilitación Cardiovascular- Servicio de Cardiología del Hospital Dr. Bernardo A. Houssay de Vicente López. Miembro de la Red de Profesionales en Asistencia, Docencia e Investigación – Abordaje de pacientes psicosomáticos en Nueva Fuente, institución psicológica de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Co-autora y expositora de trabajos seleccionadas para presentar en el VI Congreso Argentino de Psicoanálisis, XIV Jornada de Investigadores en Psicología del Mercosur (UBA) e invitada a participar en la Iª Jornada Argentina de Psicocardiología, organizada por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Miembro de la Red de Profesionales de CAPS y BuenDivorcio.

Hace tiempo ya que se viene considerando que las vacaciones son el momento de ruptura definitiva de muchas parejas y que el regreso a casa marca un aumento en la cantidad de consultas y/o inicios de procesos de divorcio en relación al resto del año.

 

En realidad, divorcios hay durante todo el año todos los años. ¿Qué es entonces lo que sucede en marzo? ¿Por qué las vacaciones tan desesperadamente esperadas para desconectarse de la rutina, descansar, compartir más y mejor tiempo con la pareja y la familia terminan en la insólita e inesperada declaración del deseo de divorcio? Y con la consecuente acción dirigida a legalizar dicha decisión ¡ya!

 

Las hipótesis son varias. Podríamos pensar principalmente que todo lo no-funcional, lo sintomático de una pareja en su vida cotidiana, queda al descubierto, paradójicamente, en tiempos de descanso y corte de la rutina.

 

Las vacaciones no gestan, pero sí manifiestan todo aquello que ha estado latente durante los años de vida en pareja, cuyos miembros viven como peligroso todo lo que se genera en tiempos de vacaciones: mayor cantidad de tiempo frente al otro, tiempo libre que no logran ocupar ni siquiera como tiempo de ocio compartido.

 

Es claro que hoy los miembros de una pareja, durante el año, poseen múltiples ocupaciones por necesidades reales (económicas) o psicológicas (inconscientes). Frente a tantas actividades, le han dado la espalda a todo aquello que comenzará a manifestarse en la temporada de vacaciones.

 

Al alterarse la rutina que una pareja sostiene durante el año, ha de surgir todo aquello que, justamente con esa rutina, se han encargado de ocultar. Se les impone una realidad que deben pensar-reflexionar cada uno de ellos pero también entre ellos: ¿qué los une verdaderamente?

 

He aquí donde surgirá la angustia que reavivará antiguos fantasmas, temas pendientes, recuerdos de malos momentos... Todo comenzará así a ser dicho, a ponerse en palabras. Se elevará el volumen de las charlas, ya discusiones…

 

Comenzarán las diferencias y, con ellas, todas las heridas empezarán a sangrar: heridas viejas, heridas nuevas, heridas que calan más profundo con cada reproche. Todo es sacado a la luz, parecería que el sol del verano alumbra más y mejor. “Se sacan los trapitos al sol”, dirían las sabias abuelas.

 

También aparecen bajo la luz del sol la intolerancia ya existente entre ambos cónyuges, la falta de interés por lo que opina o proyecta la otra parte, lo olvidado y hasta el no querer compartir actividades, aun las más banales y comunes.

 

La intolerancia que se siente es tal, que parecería no dejar siquiera escuchar la opinión del otro, sus comentarios o las posibles modalidades para llegar a acuerdos como un intento de mejorar la relación. Parecerían estar jugando entre sí, tal vez, a la supervivencia del más valiente o del más resistente a tanta violencia y agresión.

 

Otro factor a considerar implica a los hijos cuando, no tan chicos, generan mayor cantidad de tiempo para la pareja. Tiempo que les hará verse en el vacío que sienten aun junto al otro-madre/padre de esos hijos.

 

Cuando no se ven reflejados en la mirada del otro (porque el otro esta mirando para otro lado), aparece otro tema a considerar que es el paso del tiempo y el surgimiento de las conocidas “crisis de los 40, los 50, los 60”…

 

Con todo esto, no podemos deducir que las vacaciones sean causa, motivo o razón del divorcio. Las parejas que tienen problemas, los tienen. Aunque estén ocultos o negados. Las vacaciones sólo puedan provocar que sean más sentidos, manifestados y enfrentados o negados. Y la rutina que encontrarán al regreso no podrá, en ese punto, salvar ya a esa pareja como venía haciéndolo. Ante la revelación de las dificultades, ya nada sirve.

 

La manifestación de la decisión de divorciarse podrá entonces ser o no ruidosa. Dependerá de lo patológico del vínculo, pero –seguramente- generará angustia y todo comenzará a pensarse, a precipitarse, y la persona no logrará sostener ese vínculo… un año más. Este es el momento en que la pareja deja de ser una unidad y pasa a ser una suma de dos personas. Dos seres que tienen que equiparar las relaciones de fuerza y poder entre ambos. Uno tiene más información que el otro y no pueden dialogar porque es más la fuerza de la bronca que la fuerza de la razón.

 

Por eso, y para evitar males mayores, es bueno que se planteen la posibilidad de buscar asesoramiento profesional e interdisciplinario. Un tercero que intervenga y los ayude a encontrar una salida lo menos perjudicial posible para una situación inevitable.
 
 
Más información en www.buendivorcio.com.ar



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