Acción vs. postergación: Cuando todavía queda mucho del día
Publicado: Abril 2009
Autor: Dra.
Flavia Frejman y Débora
Grätzer
Mutilados por la postergación, muchos
hombres y organizaciones ven desperdiciadas sus capacidades y talentos.
¿Cómo poner fin a este mecanismo? ¿cómo darse el permiso de la acción que conlleva la libertad?
¿cómo despojarse de la pesada inercia?
Una mirada al Diccionario de la Real Academia Española nos
informa que postergar quiere decir: “hacer
sufrir atraso, dejar atrasado algo, ya sea respecto del lugar que debe ocupar,
ya del tiempo en que había de tener su efecto” y que procrastinar es, nada más ni nada menos que “diferir, aplazar”.
Curioso resulta que, tanto
en nuestra vida como individuos como en la actividad de las empresas, gestemos sueños y una visión a alcanzar que inicialmente nos
movilizan e impulsan nuestra entusiasta energía creativa, para luego
desvanecerse cuando nos dejamos envolver, inertes, por el cruel reinado de la procrastinación.
Encubierta tras máscaras que son más
bien vanas excusas –como por ejemplo la
“eterna reflexión que nunca llega a conclusión”- ejerce su dominio la
postergación y resulta imposible encaminarse a producir la solución para
resolver un problema que arrastramos o dar los pasos para alcanzar una meta
anhelada.
La planificación es una actividad que muchas empresas y
familias no están habituadas a llevar a cabo. Planificar no consiste
simplemente en ordenar las tareas, sino que se trata de un ejercicio mucho más
profundo, activo y comprometido, que debe estar seguido de la implementación
para resultar eficaz.
En la previsión y la prevención que conllevan una adecuada
planificación se conjugan los deseos (materiales, emocionales o espirituales)
de un grupo de personas como horizonte a lograr, contextualizados
con el estado de situación que nos brinda la realidad. Sin embargo, una mirada a la aparentemente
titánica tarea de enfrentar el cambio nos puede provocar el suficiente malestar
como para “procrastinar”. Entonces
retrocedemos abandonando la posición de sujetos que van felices en busca de la
concreción de un deseo o proyecto, para convertimos en objetos pasivamente
librados a la inacción y al malestar.
El término que nos ocupa, se aplica comúnmente a la sensación de
acentuada ansiedad generado ante una tarea pendiente
de resolución. Lo que se “procrastina” puede ser percibido como desafiante,
inquietante, peligroso, difícil, tedioso, aburrido o estresante. Mas lo que no se advierte es que esta postergación solo
consigue incrementar la ansiedad y la frustración alejándonos de nuestra meta.
La desconfianza crónica en aquellos que pueden ayudarnos, el
descreimiento como hábito de vida, las diferentes formas del pesimismo, la
inercia que muchas veces encubre el temor al éxito, nos instalan en la
resignada “costumbre” del malestar en el que estamos de alguna manera acunados,
ante el temor de lo desconocido.
Así nos quedamos, amparados
bajo la autojustificación y la excusa de la aparente “prudencia” a la espera del
momento oportuno, seguramente mejor, absolutamente irreal e idealizado, en
el que todo será más fácil…. “más adelante”, “algún día”.
Al poner sobre la
mesa la visión del futuro que queremos alcanzar, podemos sentir miedo al
fracaso (una convicción de destino
trágico, o de sufrimiento que nos erige ya antes de actuar, en “perdedores”
como una profecía autocumplida). Mirar hacia adelante puede hacernos sentir
abrumados, ya sea por la cantidad de cosas que implican cambiar el rumbo, la
responsabilidad que conlleva y el impacto que los cambios tendrán sobre el
entorno. Paradójicamente, la elección termina siendo permanecer en la
insatisfacción de “aguantar” aquello que no nos gusta. Así es como, una
vez instalada la procrastinación (el
perpetuo dejar para después), comienza la parálisis que conduce a una “muerte
lenta” ya sea de nuestros sueños como individuos, los de una familia o los de
los fundadores de una empresa y de todos quienes son partícipes de su destino.
¿Cuál
es el resultado de la postergación enraizada en la conducta de quienes tienen a
su cargo la dirección de una empresa?
El aplazamiento de la resolución de los
problemas. Peor aún: el incremento de los problemas que, lejos de estabilizarse,
tienden a multiplicarse y agravarse como una plaga. La
persona o la organización se “enquistan”, sobreviven sin voluntad, y sin
accionar en pos de resolver los problemas que los aquejan.
El empresario que deja que su
organización esté ganada por el desorden, por los manejos poco profesionales,
por deficiencias en la comunicación, por el dominio de los ineptos, por la
falta de profesionalización, entre otros muchos males, y aplaza de modo crónico
acciones y decisiones fundamentales, sabe mucho de esto y del callejón sin
salida que significa contentarse con la seguridad del “dejar las cosas como
están”.
El precio es muy alto. Lo paga él, su
familia, la organización toda, hasta sus descendientes. Vale la pena
reflexionar.
Son esta inacción y
falta de previsión las que pueden ponernos repentinamente de cara con lo
inevitable: el estancamiento de la organización, el vacío de soluciones ante el
fallecimiento o incapacidad de un familiar o de una persona clave de la
empresa, una deuda acuciante, magros resultados económicos, la enemistad de dos
socios…una onda expansiva que todo lo cubre.
¿Tiene
solución este mal que aqueja a tantos? ¿tenemos a
quien pedir la ayuda adecuada? ¿hemos acudido a
expertos que pudieran colaborar, orientarnos y asistirnos o nos encerramos en
nuestra única mirada de la situación? ¿realmente hemos
querido -hasta este momento- solucionar el problema? ¿Nos dimos el permiso de
hacer algo por nuestra organización?
En el séptimo arte también se procrastina,
pero nosotros podemos cambiar el final
En la emblemática película “Lo que queda del día” (The
Remains of the Day), su autodestructivo personaje protagónico resulta
muy ilustrativo: escudado en la postergación, el correcto y rígido Primer
mayordomo Mr. Stevens deja
pasar al amor de su vida, llegando a negar e intentar no sentir ni registrar la
necesidad del amor. Se autoengaña, cumple mecánica y
obedientemente con su rutina, actúa como inerte víctima de su destino: “Total la vida es así, nada puede cambiar”.
Tristemente, aquella muchacha parte para
casarse con otro hombre. Es entonces cuando se da cuenta del amor perdido y de
que la joven a la que tantos años amó en silencio, esa sencilla y atractiva ama
de llaves a la que tuvo tan cerca y de la que vivió enamorado sin jamás decirle
nada ni responder a sus intentos de acercamiento, se ha ido.
Cuando Mr. Stevens reacciona y se replantea su vida, solicita el
retiro de su metafórica función de mayordomo que le permitía mantener las cosas
“en orden”, inalteradas, sin movimiento, quietas en su lugar.
Ya es demasiado tarde, lo que queda del
día no le alcanza para reparar esa deuda consigo mismo. ¿Y si lo hubiera
intentado? Durante toda su vida postergó actuar, decidir, preso de un temor
enorme y oculto. Nunca se comprometió con su deseo. El protagonista nada puede reparar. Pasó su
tiempo de actuar.
La inacción puede convertirse en la “acción” más dañina hacia
nosotros mismos, negándonos la
mirada en perspectiva de la situación/realidad a la cual se pretende llegar. Al
aplazar, entonces, también postergamos el compromiso con nosotros mismos y los
proyectos más profundos y significativos de la propia vida. Nada más errado que cerrar los ojos, cruzar los
brazos y postergar. Nada más alejado de la vida y de la creación. Sin embargo, hay otros desenlaces posibles.
La vida de una organización puede, en
este aspecto, compararse a la de un individuo, que puede elegir hacerse
responsable o no de su destino.
Cuando por fin logramos observarnos y
advertimos estar presos en el mecanismo de la postergación, es el momento en
que podemos actuar, pedir ayuda, comenzar a solucionar, a intervenir en la
realidad, como verdaderos sujetos, dejando de estar entregados a un destino de
derrota y fracaso, deshaciéndonos de la resignación frente a lo que no nos
gusta ni queremos para nosotros y nuestra empresa.
Pedir ayuda profesional es un gran
comienzo. Poner manos a la obra es el comienzo de la solución. Una nueva etapa, cuando todavía queda mucho
del día.