El hábito de postergar

Origen : http://www.caps.org.ar
Autor : Gater
Publicado : June 11, 2007


  
Perfil y Detalles de Gater
Débora Gater - Periodista, consultora en comunicación e imagen institucional.
Todos lo padecemos en mayor o menor medida
EL HÁBITO DE POSTERGAR

El popular "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy" termina casi siempre en un amargo "¿por qué no lo habré hecho antes?".

Este comportamiento, que parece tan familiar y cotidiano, se llama procrastinación y es la acción de aplazar o postergar en forma sistemática las tareas que se imaginan dificultosas, desagradables o incómodas. Es el caso del empresario que no termina de tomar una decisión vital para el desarrollo de su empresa o el del obeso que empieza la dieta el próximo lunes. Es el universitario que deja el examen para marzo o la madre que posterga el castigo a su hijo para la próxima vez que se porte mal. Es quien no se decide a contratar un seguro de vida o a redactar su primer testamento... "total soy joven todavía".

Pero la conducta procrastinadora no termina en el "no hacer" sino que se complementa con una serie de actividades sustitutas que resultan más placenteras y una batería de justificaciones que, aunque válidas y reales, no dejan de ser excusas y, en muchos casos, hasta autoengañosas.

¿Por qué procrastinamos?

Son muchas las causas o motivos que pueden llevar a una persona a procrastinar. Pero todas se enlazan en los dos pilares que –descriptos por el profesor William Knaus de la Universidad de Virginia, Estados Unidos- son la autoduda y la baja tolerancia a la presión. En el primer caso, el miedo al fracaso y una idea de ineficiencia personal llevan a la inacción. Y quienes suelen "acelerarse" haciendo muchas cosas, postergan algunas actividades para evitar el stress en el que suelen terminar.

El exceso de autoconfianza también genera procrastinación y quienes son generadores continuos de ideas caen en la postergación por la simple y sencilla razón de que, mientras implementan una, surge otra que ocupará el primer lugar en sus preferencias personales.

Sea cual fuere el motor de esta conducta, el verdadero problema radica en sus consecuencias. Una falsa idea de que, por dejar una decisión para más adelante, se podrá planificar mejor no garantiza la excelencia del resultado. De esta forma, lo único que se consigue es una pésima gestión del tiempo y, a medida que se acerca el plazo límite, el "procrastinador" se da cuenta de que no será capaz de cumplir con su objetivo y, por ende, trabaja en él en forma atropellada con una gran carga de stress y con la posibilidad de que todo salga mal. Y si sale bien, de todas maneras, será con la presión que trató de evitar desde un principio y con una fuerte carga de ansiedad por sentirse sobrepasado.

Activar las decisiones

Peor es el caso en que, llegado el momento, lo que había que hacer no está hecho. Es ahí cuando surgen los sentimientos de decepción, desilusión y hasta de impotencia por no poder resolver una situación que podría haber sido diferente de haber tomado una decisión a tiempo. Aunque, en este caso, también existe un alto riesgo de fracaso si no se entiende que de la decisión hay que pasar a la acción.

A quien, después de leer estas líneas, se reconozca como "procrastinador" o indeciso crónico sólo le queda una cosa por hacer: tomar conciencia del daño que se provoca a sí mismo, de cómo puede perjudicar a su entorno esta actitud y –de una vez por todas- intentar encontrar una solución.


Siempre
Bastante seguido
Pocas veces
Nunca